El Rosario del canciller

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“Esta niña siempre anda ingeniándoselas para que yo rece”, pensó el rey. “Pero, en este caso, la ocurrencia es muy oportuna, porque aquí la única solución es el Rosario”.

 

 

Mariana Iecker Xavier Quimas de Oliveira

 

 

La tristeza se había apoderado de aquel lejano reino… Había muerto el conde Eustaquio, canciller del rey Edmundo. Las banderas del palacio estaban a media asta y la catedral se encontraba repleta de gente para oír la Misa en sufragio de esa noble alma, tan llena de sabiduría.

Concluidas las exequias y pasados los días del luto oficial, el soberano convocó a todos sus consejeros con el objeto de escoger entre ellos a un nuevo canciller. No obstante, un dilema le angustiaba: ¿cuál de ellos tendría los bellos atributos de alma del conde Eustaquio? ¿Quién como él sería piadoso, honesto, desinteresado, prudente, sabio y audaz?

Después de haber conversado bastante con cada uno de sus ministros dio por terminada la reunión sin decidir nada. Andaba cabizbajo, porque sabía que la prosperidad de su pueblo dependía de esa elección.

Al ver a su padre tan poco comunicativo, la princesa Sofía se acercó a él y le preguntó con voz dulce:

o1— Papá, ¿qué te aflige? Te veo abatido…Ya no conversas conmigo o con mamá, no paras de andar de aquí para allá…

— Mi princesita, aún eres muy joven para comprender los problemas de un rey.

— ¡Pero papá! Puedo ser pequeña y no entender esas grandes preocupaciones, pero te ayudaré con mis oraciones, porque la Virgen nunca deja de oír los pedidos que le hacen con fe, aunque provengan de una niña.

El soberano era muy poco dado a la oración. Sin embargo, se conmovió con las palabras de su hija y le dijo:

— Bien. Entonces reza para que tu padre consiga nombrar a un buen canciller.

— Eso es muy fácil, papá. Se aproxima tu cumpleaños. Entre los nobles consejeros escoge al que te dé el regalo más sabio.

El rey se quedó boquiabierto, y pensó: “Por eso dijo Jesús: ‘dejad que los niños se acerquen a mí’.

¡Qué respuesta tan llena de sentido común me da esta hija mía!”.

Llegado el día de la fiesta, los príncipes de los reinos vecinos, los nobles de la corte e incluso los humildes comerciantes, artesanos y campesinos, venidos desde las regiones más recónditas, se acercaron a rendirle homenaje al rey.

En el momento de los saludos, un heraldo anunciaba el nombre de cada invitado, y éste se acercaba a su majestad llevando algún obsequio preparado con el mayor esmero: sedas, las más delicadas, cestas llenas de frutas dulces y suculentas, sillas de montar de cuero fino para los caballos de caza y otros muchos objetos de los más variados orígenes.

El conde Federico, el duque Ricardo y el marqués Eduardo fueron los últimos de la ceremonia por ser los consejeros más antiguos.

El primero se iba aproximando al soberano haciendo tres pomposas reverencias y le regaló una pluma de oro, con incrustaciones de piedras preciosas, con la que podría escribir bellos poemas y firmar los documentos más importantes del reino.

El duque, de forma no menos solemne, le ofreció un robusto mueble de ébano y bronce con cajones y divisiones que contenía las hierbas medicinales más eficaces, perfectamente clasificadas por enfermedades. Su deseo era que conservase la salud para que reinara muchos años.

Por último, el marqués Eduardo le obsequió con una cajita de marfil, delicadamente tallada, que o2guardaba un rosario de preciosas perlas. De una manera sencilla y respetuosa le explicó que las oraciones que hace un monarca a Dios, por intercesión de la Virgen María, son el mejor medio de atraer bendiciones para su reino. Y le invitó a que rezara el Rosario con devoción, sobre todo en los momentos de gran peligro.

Cuando terminó la fiesta el rey aún continuaba indeciso, aunque se inclinaba por escoger como canciller al conde, que supo reconocer con tanta gentileza el valor de las poesías compuestas por el soberano…

No, quizá fuera mejor el duque, siempre preocupado por la salud y bienestar del monarca…

Días más tarde, un acontecimiento inesperado vino a decidir la elección.

El rey se encontraba cazando en una tarde soleada y calurosa y de un cielo intensamente azul cuando sus perros le guiaron hacia el interior de un bosque apartado.

El lugar era totalmente desconocido para él, pero confiado en la intuición de la jauría se adentró solo en la ignota floresta.

En determinado momento su caballo se detuvo y se negó a seguir, mientras que los perros continuaban ladrando, como si señalaran la proximidad de alguna presa de un valor fuera de lo común. El monarca se bajó de su cabalgadura y continuó a pie.

El tiempo iba pasando y la codiciada caza no aparecía. Los perros con el rabo entre las patas mostraron su fracaso. La noche caía y una densa penumbra se adueñaba del bosque. ¡Se habían perdido en medio de la floresta!

El rey se sentó en una piedra y buscó en su morral algo que le pudiera ser útil en aquella circunstancia y se encontró con la linda cajita de marfil que le regaló el marqués Eduardo. ¿Cómo había ido a parar allí? Sólo podía haberla puesto su hija Sofía…

“Esta niña siempre anda ingeniándoselas para que yo rece”, pensó. “Pero, en este caso, la ocurrencia es muy oportuna, porque aquí la única solución es el Rosario”. Y se puso a rezarlo, prometiéndole a la Santísima Virgen que sería más piadoso si Ella lo ayudase a salir del enredo en el que se había metido.

Cuando terminó ya había oscurecido completamente. A lo lejos se oía el aullido de los lobos y el rugido de los osos, mientras que los perros se movían inquietos y gañían con nerviosismo. El soberano, que era de un temperamento para nada cobarde, empezó a sentir miedo.

o3Sin embargo, no tardó mucho en oír voces amigas. Se trataba de un nutrido grupo de campesinos, provistos con palos, antorchas y machetes.

Habían descubierto de casualidad el caballo del rey cerca del bosque y pensaron que necesitaría ayuda. Se organizaron sin tardanza y se internaron en la espesa floresta para buscarlo.

Reconociendo la eficacia y el poder del Rosario, el rey Edmundo no sólo se reafirmó en la promesa hecha a la Virgen, sino que encontró la respuesta a su dilema: el mejor entre sus consejeros, sin duda, era el que le había regalado aquel rosario e invitado a rezarlo en los momentos de peligro y dificultad.

Agradecido por la bondad de Nuestra Señora, el monarca consagró su reino a María, Trono de la Sabiduría. En adelante sería Ella la que lo guiaría… con la ayuda de su nuevo canciller, el sabio y devoto marqués Eduardo.

 

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