Comentario al Evangelio – II Domingo de Pascua

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Comentario al Evangelio – II Domingo de Pascua

Creer, para después amar

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Monseñor João Clá Dias EP.

 

De la incredulidad a un sublime acto de adoración, al constatar la Resurrección del Señor, las actitudes de Santo Tomás constituyen una valiosa instrucción en la fe para los hombres del siglo XXI.

 

 Evangelio

19 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”.
20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
21 Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. 22 Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.
24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”.
26 A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros”.
27 Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. 28 Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!” 29 Jesús le dijo: “¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto”.
30 Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31 Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre (Jn 20, 19‑31).

I – LA CREENCIA EN LA RESURRECCIÓN, FUNDAMENTO DE LA FE

 

 La resurrección no era un tema fácil de tratar en la época de Jesús, como tampoco lo es hoy. De hecho, nos toca a fondo, porque nuestra vida sería otra y el mundo no se encontraría en la presente situación de desvarío en que está si considerásemos seriamente nuestro destino eterno.

En aquel tiempo existían escuelas griegas cuyos propugnadores, además de no creer en la resurrección, defendían la tesis de que el alma humana no era ni espiritual ni inmortal. El resultado era el materialismo absoluto. En Israel, los saduceos —partido constituido por personas de la clase más acomodada— se habían embebido en estas doctrinas filosóficas, como constatamos en su célebre discusión con Jesús a propósito de la hipotética mujer casada sucesivamente con siete hermanos. El Salvador los refutó de una forma bellísima, hasta el punto de causar admiración incluso en algunos escribas fariseos, los cuales sí que tenían fe en la resurrección (cf. Lc 20, 27‑40).

 

Los Apóstoles no creyeron en la Resurrección de Jesús

 

Los seguidores del divino Maestro estaban más cerca de la doctrina farisaica, como se desprende de la respuesta dada por Santa Marta a Jesús a respecto de su hermano Lázaro: “Sé que resucitará en la resurrección en el último día” (Jn 11, 24). Sin embargo, no contemplaban la posibilidad de la inmediata Resurrección de Jesús después de su Pasión y Muerte.

Desde esa perspectiva es como debemos analizar el comportamiento de los Apóstoles relatado en el Evangelio del segundo domingo de Pascua. A esas alturas ya les había llegado la noticia de que Jesús había ido al encuentro de las Santas Mujeres (cf. Mt 28, 9‑10; Mc 16, 9‑11; Jn 20, 14‑18) y de que se había dejado ver por San Pedro (cf. Lc 24, 34), así como también por dos discípulos camino de Emaús (cf. Lc 24, 13‑33; Mc 16, 12‑13); aun así se negaban a creerlo, hasta que el divino Redentor se les manifiesta abiertamente.

 

Verdadero Dios y verdadero hombre resucitado

 


19a Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio…


Esta aparición se dio al final del mismo domingo de la Resurrección, primer día de la semana para los israelitas. El apóstol virgen —que ofrece toda una serie de datos peculiares— destaca el hecho de que las puertas estaban “cerradas por miedo a los judíos”. En efecto, si éstos habían crucificado al Maestro, los suyos sin duda también serían perseguidos. A pesar de eso, la idea de renegar de Él y huir, como habían hecho los discípulos de Emaús, les provocaba pánico. Así, puestos entre dos temores, el único medio que les quedaba era vivir ocultos en el Cenáculo, apoyándose los unos a los otros en aquella peligrosa contingencia. La entrada de Jesús traspasando las paredes con su cuerpo glorioso causó un verdadero estupor. Estaban todos a la mesa (cf. Mc 16, 14), que tenía forma de “U”, y Él se puso en medio, bien a la vista de todos.

 

La palabra del Señor es eficaz

 

19b …y les dijo: “Paz a vosotros”. 20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

 Se diría que ése era un saludo habitual… Cuando nosotros saludamos a alguien con un simple “Buenas tardes”, tan sólo estamos exteriorizando un deseo que probablemente no se verificará. La palabra de Jesús, por el contrario, es creadora, omnipotente, transforma, tiene fuerza de ley y vitalidad para producir aquello que dice. Por eso, la expresión “Paz a vosotros” no debe ser considerada como algo platónico, distante. De hecho, acababa con la agitación e infundía la paz en el alma de los Apóstoles. ¿Qué paz? La “tranquilidad del orden”.1 Todos los movimientos internos del espíritu humano se equilibran y se ordenan en función de Cristo Jesús, porque todo depende de Él, todo confluye en Él, todo proviene de Él.

Ahora bien, es importante destacar que a Santa María Magdalena le bastó oír la voz del Maestro llamándola “María” (Jn 20, 16) para reconocer su Resurrección, mientras que los Apóstoles sólo creyeron después de tocar las llagas de Jesús, como se concluye del relato de San Lucas: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo” (Lc 24, 39). Todos fueron a comprobarlo y, entonces, “se llenaron de alegría”…

 

Un poder divino dado a los hombres

 

21 Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. 22 Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

El divino Maestro quiere que los que le siguen asuman la tarea de anunciar el Evangelio, como Él había sido enviado por el Padre. Los Apóstoles, sin embargo, verdaderamente amedrentados y fuertemente impresionados por la dramática situación por la que estaban pasando, tenían necesidad de una nueva infusión de serenidad y confianza, a fin de volverse aptos para realizar su altísima misión. De manera que aunque la primera oferta de paz de suyo fuese suficiente, el Señor repitió: “Paz a vosotros”.

Infundida la paz, les da una autoridad extraordinaria con este soplo creador. En él descubrimos un bonito paralelismo con el soplo del Padre al comunicarle la vida humana a Adán, aumentada con la participación en la naturaleza divina, con todos los dones del Espíritu Santo y las virtudes infusas, y, más aún, con los dones preternaturales —integridad, inmortalidad, impasibilidad, dominio sobre los animales y ciencia infusa o sabiduría insigne—, que elevaban al hombre a un grado sublime.

De manera análoga, al decir “Recibid el Espíritu Santo”, Jesús insufló en los discípulos una nueva vida, la vida sacerdotal, transfiriéndoles un poder divino: el de perdonar o retener los pecados. Cuando bajaron a un paralítico por una abertura en el techo de una casa para ser curado por el Salvador, estando Él en Cafarnaún, recordemos lo que le dijo antes de devolverle la salud: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mc 2, 5). Y los fariseos presentes quedaron indignados porque ese derecho pertenece exclusivamente a Dios. Siendo el ofendido, sólo a Él le corresponde perdonar. “Lo que Jesús da a sus Apóstoles es, pues, algo sobrenatural que debe ser atribuido a la acción del Espíritu Santo, representado en el Antiguo Testamento, sobretodo, como vivificador […]. En efecto, este poder […] es el de perdonar los pecados, así como el de retenerlos. Se trata del poder ya dado a Pedro y a los Apóstoles (cf. Mt 16, 19; 18, 18), que aquí es renovado expresamente, con la insuflación del Espíritu, que lo confiere en carácter definitivo. Se entiende bien la alusión al Espíritu Santo: perdonar los pecados es dar la vida espiritual”.2

Por tanto, al administrar el sacramento de la Penitencia, en el momento en que el sacerdote, trazando una cruz, pronuncia la fórmula “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, es ese mismo soplo de Jesucristo que se prolonga para restituir al alma del penitente la vida divina perdida por el pecado mortal. Ni la totalidad de los sacrificios de la Antigua Ley, sumados y multiplicados por sí mismos, serían capaces de perdonar tan sólo una falta venial. Ni siquiera a María Santísima, con todos sus méritos, le sería posible. He aquí la maravilla de la condición sacerdotal.

 

II – LOS CONTRASTES DE UN ESPÍRITU POSITIVO

 

 Todo indica que Santo Tomás era un hombre de espíritu ceñudo y convencido de sus propias opiniones, y a la vez muy positivo y categórico. Cuando el Señor decidió retornar a Judea, para atender a Lázaro que estaba enfermo, los Apóstoles protestaron, conscientes del riesgo al que se exponía el Maestro al acercarse a Jerusalén. Y fue Santo Tomás quien afirmó: “Vamos también nosotros y muramos con Él” (Jn 11, 16).

En otras circunstancias Tomás se había mostrado cauto y objetivo, queriendo conocer las pruebas. Por ejemplo, al anunciar Jesús: “cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino” (Jn 14, 3‑4), enseguida le pregunta: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14, 5). Ahora bien, estas reacciones son útiles, porque si no hubiese personas que, como Tomás, tuviesen falta de intuición y necesitasen apelar principalmente al discurso de la razón, muchos principios quedarían sin aclaración. Si en aquella ocasión Tomás no hubiese planteado el problema, el divino Maestro tal vez no hubiera hecho tan sublime revelación: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). De esta forma, tuvo un papel importantísimo en el Colegio Apostólico, pidiendo una explicación racional de aquello que sólo se admite por la fe. Con ello contribuía a establecer las bases sobre las que se erguiría más tarde el edificio de la teología.

 

Sin pruebas, Santo Tomás no cree

 

24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”.

Ausente del Cenáculo, Tomás no asistió a la primera aparición de Jesús a los discípulos. Sin duda, éstos intentaron persuadirlo de la veracidad de lo ocurrido. En vano. Habiendo huido y dejado al divino Redentor solo, su testimonio, a los ojos de Tomás, no se revestía de suficiente autoridad y permanecía escéptico —como, por cierto, lo estuvieron los otros Apóstoles antes de tocar al Señor—, exigiendo como condición para creer las mismas pruebas que les habían sido dadas a ellos. Tomás pasó a la Historia como el incrédulo, pero, en realidad, como vimos anteriormente, los demás también lo fueron.

 

Testigo cualificado de la Resurrección

 

26 A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros”. 27 Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”.

Ocho días después, Jesús “se puso en medio” de ellos por segunda vez y le mandó a Tomás que pusiera el dedo en sus llagas, diciéndole: “no seas incrédulo, sino creyente”. Es interesante notar que el Señor no lo acusa de ser incrédulo, sino que le advierte de que no llegue a serlo, a partir de ese momento en el que le ofrecía el argumento concreto y la demostración cabal de su Resurrección. Para ser fiel era indispensable tener fe, y Cristo lo invitaba a crecer en esta virtud. Bienaventurado Tomás, porque para poseer esta fe acabó recibiendo la insigne gracia de tocar el costado del Salvador. Como comenta San Gregorio Magno, “no sucedió esto al acaso, sino que fue disposición de la divina Providencia; pues la divina Misericordia obró de modo tan admirable para que, tocando aquel discípulo incrédulo las heridas de su Maestro, sanase en nosotros las llagas de nuestra incredulidad. De manera que la incredulidad de Tomás ha sido más provechosa para nuestra fe que la fe de los discípulos creyentes, porque, decidiéndose aquel a palpar para creer, nuestra alma se afirma en la fe, desechando toda duda”.3 Cuán útil fue su gesto para nuestra alma apocada, porque sirvió de signo auténtico de la Resurrección del Señor.

 

Entrega completa, reacción del alma recta

 

28 Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

La correspondencia a esta gracia está certificada por el hecho de que Tomás reconoció la divinidad de Jesús como ningún otro apóstol. Todos tuvieron la misma comprobación, pero su reacción fue más enérgica, osada y radical. Al anunciarle la Resurrección a Tomás, los Apóstoles no afirmaron: “Jesús es realmente Dios”. Pero Santo Tomás sí lo declaró.

Si es verdad que no confió en el testimonio de los discípulos, es patente que cuando el Señor lo instó a poner el dedo en las marcas de los clavos, creyó y atribuyó a Jesucristo hombre, que se presentaba ante él resucitado, el título debido únicamente al Creador en el Antiguo Testamento: Dios y Señor. Por lo tanto, creyó en la divinidad de Cristo, aunque tocase solamente su humanidad.4 Al mismo tiempo, al proclamar “Señor mío”, se entregaba como esclavo, abandonándose por completo en las manos de Jesús. De su fe robusta brotó, en aquel instante, ese acto de amor. Era un alma recta, inocente y dispuesta a darse por entero. “¡Oh maravillosa perspicacia la de este hombre! Toca a un hombre, y lo llama Dios: tocó una cosa, y creyó otra. Aunque hubiera escrito mil códices, no hubiese sido de tanto provecho para la Iglesia. ¡Con qué claridad, con qué precisión, con qué ingenuidad llama Dios a Cristo!”,5 exclama Santo Tomás de Villanueva.

Cabe recoger aquí una lección para nuestra vida espiritual. Nosotros, con frecuencia, somos lo opuesto a Santo Tomás: creemos en los hombres y hasta en nosotros mismos, pero no en Dios. Se trata de crecer en la fe en Dios y pasar a las obras, porque la fe sin las obras está muerta (cf. St 2, 17).

 

La bienaventuranza que nos corresponde

 

29 Jesús le dijo: “¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto”.

Estas últimas palabras del divino Maestro a Santo Tomás constituyen la bienaventuranza de todos los que vendrían después y no tendrían la oportunidad de tocar aquellas santas llagas. O sea, se aplican enteramente a nosotros.

Los Apóstoles, Santa María Magdalena, Santa Marta, San Lázaro y muchos otros convivieron con Jesús resucitado y pudieron contemplarlo en carne y hueso, andando y conversando. Por consiguiente, para creer en Él era necesario un esfuerzo mínimo. ¿Tenían mérito? Sí, porque la divinidad permanecía oculta. Sin embargo, más mérito adquirimos nosotros cuando, pronunciadas las palabras de la Consagración, contemplamos las especies eucarísticas y, a pesar de que éstas continúan con la apariencia de pan y de vino, la fe, la esperanza y la caridad nos aseguran que el pan y el vino cedieron el lugar al Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús. Entonces, nos arrodillamos y lo adoramos. Así pues, a este título, nuestra bienaventuranza es superior a la de ellos.

 

Maravillas que sólo en la eternidad conoceremos

 

30 Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos.

¡Cuántas maravillas de la existencia terrena de Jesucristo se conservaron en el silencio! ¿Cómo fue su familiaridad con la Santísima Virgen y San José en su vida privada a lo largo de treinta años, de la que nada se sabe, a no ser su pérdida y hallazgo en el Templo, a sus 12 años? ¿Quién podrá decirlo? Es evidente que no vivía enclaustrado, sino en sociedad y en contacto con la opinión pública —a tal punto que lo llamaban el “hijo del carpintero” (Mt 13, 55), y debió de relacionarse con otros jóvenes. Pensemos, además, en los días que pasó en Betania con Marta, María Magdalena y Lázaro, y en los momentos de intimidad con los Apóstoles… Y también en los numerosos milagros que, conforme enuncia el evangelista en este versículo, ocurrieron después de su Resurrección. Son historias que conoceremos en el Cielo, si tenemos la gracia de ir a él, por los merecimientos de su preciosísima Sangre y de las lágrimas de María. Allí oiremos de los labios de Ella detalles magníficos “que no están escritos” en ningún libro.

 

Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre

 

31 Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Terminando con estas palabras, el evangelista indica cuál fue su objetivo al relatar tan extraordinario episodio: “para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios”. Cuando escribió su Evangelio, San Juan estaba en medio de una polémica con los gnósticos, que contestaban la divinidad del Señor, y su preocupación era la de liquidar esa herejía, perjudicial para la expansión de la Iglesia. Para los partidarios de tales errores existía una distinción entre Jesús y Cristo: Jesús era puramente un hombre a quien ese Cristo —para ellos una especie de mediador entre Dios y el mundo— había asumido el día de su Bautismo, sin que, no obstante, se convirtiese en Dios. Que el Señor era hombre, todos lo admitían, porque lo veían. ¿Pero cómo creer que también era Dios? Si fuera solamente Dios, sería incluso más fácil de tolerar… Luego la gran dificultad consistía en aceptar la unión hipostática, esto es, que en Él hubiera la naturaleza humana íntegra —sin personalidad humana— unida hipostáticamente a la naturaleza divina íntegra, en la segunda Persona de la Santísima Trinidad.

En la segunda lectura de este domingo (1 Jn 5, 1‑6) San Juan manifiesta de forma más acentuada dicho misterio, en el fragmento escogido de su Primera Carta: “Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios” (5, 1). Por lo tanto, la vida de la gracia depende de la fe en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y no del mero conocimiento.

III – CULTIVEMOS NUESTRA FE

 

En efecto, según los gnósticos de la época, para alcanzar la salvación bastaba el conocimiento pleno —gnosis— de ciertos secretos referentes al origen del universo y a la liberación del alma humana. Quien lograse ese grado de conocimiento sería perfecto y estaría dispensado de las buenas obras. O sea, la doctrina gnóstica implicaba la negación de la moral. Parafraseando la famosa máxima de San Agustín —“Dilige, et quod vis ­fac6—, esa doctrina bien podría resumirse en estas palabras: “Conoce y haz lo que quieras”.

Ahora bien, por mucho esfuerzo que el ser humano haga, en sí mismo no tiene capacidad para entender las cosas divinas, alcanzar las alturas de lo sobrenatural, abarcar el plano de la fe. Para eso es indispensable el auxilio de Dios, que conjuga la inteligencia —perfeccionada por la fe— y la voluntad fortalecida por la gracia. Por ejemplo, la divinidad de Cristo y su Resurrección son inexplicables desde el punto de vista intelectual, pero aceptadas a causa de la fe, don gratuito de Dios infundido en el alma con el Bautismo.

 

La fe crece con la práctica del amor

 

La fe, virtud susceptible de aumento y de disminución, es la puerta por donde entran las demás virtudes. ¿Cómo se da esto? El conocer —aunque sea en la penumbra— lo que es de Dios despierta en el alma el amor y la adhesión al magnífico panorama desvelado por la fe.7 No obstante, es la caridad la que nos hace amar a Dios con una apertura de alma adecuada a su elevación. Así pues, la caridad es, en sí, superior a la fe. ¿Por qué? Porque la caridad nos hace volar hasta Dios y dilata nuestra alma para poder amarlo como Él se ama, en la proporción de criatura a Creador, mientras que la fe nos trae a Dios hasta nosotros.8 Si nos limitamos a entender, sin amor, la fe pierde su savia y su vitalidad, y muere. De manera que es necesario comprender y, ya en ese mismo acto, amar.

Todavía en la segunda lectura —al combatir los desvíos de los gnósticos, quienes afirmaban que era un absurdo el cumplimiento de los preceptos de la Ley—, San Juan nos da otra importante lección: “en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe” (1 Jn 5, 3-4). No nos olvidemos de que guardar los Mandamientos de la Ley de Dios contando solamente con la fuerza de nuestra naturaleza es imposible, pero si nos apoyamos en la gracia vencemos al mundo, al demonio y a la carne. Y para obtener las gracias necesarias se nos exige tener una vida interior intensa: hacer mucha oración y recibir los sacramentos con frecuencia, sobre todo la Eucaristía.

De este modo, la liturgia del segundo domingo de Pascua nos proporciona elementos excelentes para practicar las tres principales virtudes, aquellas que nos relacionan directamente con Dios: la fe, la esperanza y la caridad. Agradezcamos a Cristo, nuestro Señor, la inestimable bienaventuranza de creer sin ver y pidámosle el continuo crecimiento en esa fe.

 

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1 SAN AGUSTÍN. De Civitate Dei. L. XIX, c. 13, n.º 1. In: Obras. Madrid: BAC, 1958, v. XVI-XVII, p. 1398.
2 LAGRANGE, OP, Marie-Joseph. Évangile selon Saint Jean. 5.ª ed. París: Lecoffre; J. Gabalda, 1936, p. 515.
3 SAN GREGORIO MAGNO. Homiliæ in Evangelia. L. II, hom. 6 [XXVI], n.º 7. In: Obras. Madrid: BAC, 1958, p. 665.
4 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 1, a. 4, ad 1.
5 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA. Concio 169. Dominica in Octava Paschæ, n.º 1. In: Obras Completas. Madrid: BAC, 2012, v. IV, p. 175.
6 SAN AGUSTÍN. In Epistolam Ioannis ad Parthos tractatus decem. Tractatus VII, n.º 8. In: Obras. Madrid: BAC, 1959, v. XVIII, p. 304.
7 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., q. 4, a. 7.
8 Cf. Ídem, q. 23, a. 6, ad 1.

 

 

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