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Marta y Joaquín salieron en busca de alimentos para sus hijos. Mientras tanto, María reunió a sus hermanitos y empezaron a rezar…

 

 

Hna. Lucía Ordoñez Cebolla, EP

 

 

n3Era una fría mañana de invierno. La niebla lo cubría todo y le daba al paisaje un aire de misterio. Un tímido sol insistía en esparcir sus luminosos rayos a través de las nubes, para acabar siendo cubierto en seguida por éstas, que, espesas y oscuras, contribuían a que el clima fuera más gélido y sombrío.

En una humilde cabaña, un caldero hervía en un fogón de leña calentando la cocina que también servía de comedor. La familia esperaba la primera comida del día, la cual no pasaba de ser una aguada sopa de verduras, que fue servida sólo a los cinco hijos, pues el puchero caliente no alcanzaba para todos y los padres se limitaron a comer un pedazo de pan duro…

Marta le dijo a su marido:

— Hoy también voy a salir, Joaquín. Iré a trabajar a la hacienda de doña Carmen, porque ya no tenemos más alimentos para los niños.

¿Irás tú a pescar?

Cabizbajo, el pescador le respondió a su esposa:

— Lo intentaré, pero… ¿Quién se va a quedar cuidando a Isabel? Todavía tiene fiebre. Además, nuestro pequeño huerto está todo quemado por el frío y las aguas del río están tan heladas que desde hace una semana no consigo un solo pez.

Levantándose y acercándose a su marido para animarlo, Marta le replicó:

— ¡Venga, Joaquín, confiemos!

Somos pobres, pero honrados y honestos. La Santísima Virgen no nos abandonará.

María, la hija mayor, que aún no tenía nueve años, al oír la conversación de sus padres se acercó con aires de persona madura y les dijo:

n1— Mamá, si tienes que salir, yo me quedaré cuidando a Isabel, que ya está mejorcita y yo ya soy grande. Me puedo encargar de mis hermanitos, recoger la leña y mantener el fuego encendido hasta que regreses.

Los padres, emocionados, abrazaron a María, besaron a los otros niños y recomendándoles que se portasen bien salieron de casa confiados en la ayuda de la Virgen.

Joaquín cogió su vieja alforja y se dirigió al río, se subió a su barca y remó hacia aguas más profundas, con la esperanza de pescar algo.

Marta se fue andando resueltamente hasta la hacienda de doña Carmen, dispuesta a hacer las labores que su señora determinase y recoger de su huerta algunas verduras.

Mientras tanto, María reunía a sus hermanitos para rezar a los pies de la Virgen del Buen Remedio que presidía el interior del pequeño hogar y pedirle que remediara aquella situación.

Al llegar a la cancela de la hacienda, Marta se encontró con Marcelo y Santiago, nietos de doña Carmen, que salían bien abrigados a jugar por el campo, cerca del río. La saludaron y siguieron su camino, retozones y alegres.

Después de haber estado brincando bastante, con el semblante sofocado por el esfuerzo, los niños llegaron a la orilla del río, donde Joaquín había dejado hasta su regreso una red rasgada y su vieja alforja, vacía…

Al ver aquello, Marcelo comentó:

— Creo que esta alforja es de Joaquín, el pescador, el marido de Marta, la mujer que trabaja para nuestra abuela.

— ¡Ah, sí!, respondió Santiago. Marcelo, que era muy travieso, propuso lo siguiente:

— ¿Por qué no la escondemos?

Nos quedamos al acecho detrás de esos arbustos y nos divertiremos viendo la cara que pone el pescador buscando su talega sin encontrarla…

¡Será graciosísimo!

Santiago era un niño bueno y la idea de divertirse a expensas del sufrimiento de otro le causaba repulsa.

Entonces le respondió a su primo:

— Eso no me parece gracioso. Joaquín pasa necesidad y trabaja mucho para poder sustentar a su familia. ¡Pobre hombre, mira qué vieja está su alforja! ¿Y si en vez de esconderla le ponemos algunas monedas en cada uno de los bolsillos? En ese caso, sí podremos escondernos para contemplar su sorpresa.

A Marcelo le gustaba gastar bromas a los demás, pero no tenía mal corazón y aceptó la propuesta.

A esas alturas, Marta ya había limpiado toda la casa de la hacienda de doña Carmen, hecho la comida y alimentado a los animales. La buena mujer, a cambio, le autorizó a que se llevara todas las verduras que aún quedaban en la huerta, regalándole también dos docenas de huevos y una gallina, para que le hiciera un caldo a su hija enferma.

n2El tiempo fue pasando, el frío seguía intenso y el sol había desaparecido completamente. Joaquín, desde su barca, le suplicaba a la Virgen Santísima que amparase a su familia, pues la red permanecía floja, señal de que no había conseguido pescar nada. Finalmente, tuvo que desistir y volver a casa, desolado. No obstante, cuando levantó la vieja talega que se había quedado en la orilla, oyó una especie de tilín…, parecían monedas.

¿Se estaría imaginando cosas? Abrió un bolsillo y encontró dinero. ¡No se lo podía creer! Miró a su alrededor para ver si encontraba a su dueño y no vio a nadie. Abrió otro bolsillo y encontró más monedas. La cantidad no era muy grande, pero lo suficiente como para comprar los medicamentos de su pequeña Isabel y algunos alimentos.

Marcelo y Santiago, que habían estado jugando un buen rato, al darse cuenta de que había llegado el pescador, se escondieron detrás de un arbusto y observaron la escena.

Joaquín no se contuvo. Entre lágrimas, se puso de rodillas y con las manos elevadas hacia el Cielo le agradeció a María Santísima que hubiera escuchado sus oraciones, y le pidió que bendijera las dadivosas manos que habían hecho tan grande caridad.

Los niños también se quedaron emocionados. Su broma tuvo un efecto mayor del esperado. Pensaron salir del escondite para abrazar al buen Joaquín, aunque se contuvieron y permanecieron ocultos para no disminuirle la alegría.

Cuando regresó a su casa, le contó a su mujer todo lo que le había pasado y ella le mostró lo que había recibido de su generosa ama. Toda la familia, contenta y agradecida, rezó ante la Virgen del Buen Remedio con una certeza muy grande en su alma: ocurra lo que ocurra, María Santísima siempre vela por sus hijos, sobre todo por los más necesitados.

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