Un puente hacia el Cielo

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Al oír que lo estaban llamando, Lucas miró a su cruz: había quedado tan pequeñita que ni siquiera podía dar un paso sobre ella… ¿Cómo atravesaría aquel terrible precipicio?

 

 

Se acercaba la solemne fiesta de la Primera Comunión en el colegio de las Hermanas de la Caridad. Las religiosas se apresuraban en la confección de los trajes de los niños y en los bordados de los manteles y ornamentos litúrgicos que se utilizarían en tan importante celebración. Muy ocupada y diligente, la bondadosa hermana Estela preparaba a los muchachos para el Banquete Celestial. Se podía considerar una maestra feliz: sus alumnos se mostraban celosos y entusiasmados con las verdades de la fe; y la devoción refulgía en sus corazones.

No obstante, había uno que le afligía: Lucas, el más travieso del grupo y muy perezoso en el cumplimiento de sus deberes. A pesar de ser piadoso y tener buen corazón, se pasaba todo el tiempo quejándose de los sufrimientos, molestias y contrariedades del día a día.

Cuando su madre lo despertaba por la mañana, se acurrucaba entre las sábanas y seguía durmiendo. Intimado para que se levantara, fingía con gran talento encontrarse indispuesto para lograr quedarse algunos minutos extras en la cama…

p1En la escuela nunca presentaba sus trabajos con puntualidad y huía de los exámenes siempre que podía. Para evitar uno de ellos, llegó a simular una misteriosa parálisis que le impedía sujetar el lápiz con la mano… Entonces el profesor decidió tomarle la lección verbalmente. Pero fue un intento frustrado, porque aparentó sentir un terrible dolor en las rodillas por estar de pie durante la prueba oral, ¡y se quejó de agudas punzadas en la columna cuando recibió la orden de sentarse!

—¿Qué tengo que hacer con esta cruz? —se preguntaba, olvidándose de las instrucciones recibidas. La hermana Estela no me lo ha explicado bien. Ahora estoy con mucho sueño…

Dejó cuidadosamente el crucifijo en la mesita de noche, inclinó la cabeza sobre la almohada y se durmió.

En sueños veía a sus compañeros que se reunían para ir de excursión al campo en dirección a un lugar donde les habían preparado un festín. Sin embargo, para disfrutarlo tenían que superar un reto: todos deberían cargar una cruz de madera a lo largo del recorrido. Lucas, que deseaba que la suya fuera bastante ligera, se asombró al recibir una que a su parecer era de un tamaño descomunal. A pesar de haber protestado tuvo que marchar con ella y lo hizo arrastrando los pies, refunfuñando a cada paso.

Al cabo de un tiempo, indignado con su propia suerte, se sentó al borde del camino para recuperar fuerzas. Levantando la mirada, observaba con envidia a sus compañeros: algunos iban charlando animadamente, otros cantaban o rezaban. “Deben ser livianas esas cruces; si fueran tan pesadas como la mía, no irían tan contentos”, pensaba.

—¡Oh, ya sé! —se dijo. Cortaré un poco los extremos para que quede menos pesada… ¡Así andaré más deprisa!

Pocos minutos después, había serrado discretamente las puntas de su cruz y se unió a sus amigos en el alegre caminar, seguro de que nadie había percibido su engaño.

Aun así, continuaba muy pesada… El esfuerzo y la inclemencia del tiempo no tardaron en dejarlo nuevamente abatido. Sus compañeros lo animaban a continuar, le ofrecían agua y golosinas, pero Lucas se tumbó a la sombra de unos bambús y allí se quedó rumiando con amargura sus lamentos. Veía a varios niños con sus cruces pasando y algunos incluso resbalaban o se caían bajo el peso de ellas, pero retomaban las fuerzas, invocando el nombre de María Santísima, y proseguían la marcha.

Convencido de que el tamaño de su cruz aún era exagerado, se escabulló entre los arbustos y, bien escondido, le cortó unos centímetros más.

—¡Ha quedado perfecta! —exclamó. Orgulloso de su artimaña, se puso a andar. Pero cuando la fatiga y la pereza se apoderaron de él nuevamente, volvía a repetir lo mismo. Poco a poco la cruz iba quedándose más pequeña.

Al final del día el grupo se topó con una escarpada ladera que conducía a lo alto de una montaña. El cansancio y la irritación de Lucas eran tales que, sin pensárselo dos veces, cortó más y más los extremos del poste y del travesaño. Y mientras sus amigos subían con admirable agilidad, él arrastraba penosamente lo que le quedaba de cruz, ahora con menos de un palmo de longitud…

Tras alcanzar la cima, un espectáculo maravilloso se abrió antes sus ojos: el cielo parecía que tocaba la tierra y en el horizonte se vislumbraban valles, montes y colinas, coronados por castillos y majestuosas fortalezas. En la montaña opuesta, plantaciones y jardines intercalados con lagos relucían con incomparable belleza, los pájaros gorjeaban fascinantes melodías, acompañados por jubilosos himnos cantados por niños y ángeles que, exultantes, disfrutaban del banquete al que habían sido convidados. Los muchachos se detuvieron extasiados ante tan magnífica escena. Al verlos, los comensales los llamaron para que participaran de esa bienaventurada convivencia.

Pero antes había que franquear un terrible precipicio. Para lograrlo, cada uno tenía que colocar su cruz para utilizarla de puente. Uno a uno, los niños fueron venciendo el peligroso abismo. Lucas, atónito y paralizado, oyó que alguien le estaba llamando del otro lado:

p2—¡Ven! Sólo faltas tú. Usa la cruz como puente.

No obstante, había quedado tan pequeñita a causa de sus amaños que ni siquiera podía dar un paso sobre ella… ¿Cómo atravesaría? Su desesperación y tristeza eran tales que se despertó en un mar de lágrimas.

Al día siguiente, muy temprano, Lucas se arregló y salió corriendo al colegio en busca de la hermana Estela, sujetando el crucifijo entre sus manos. Al encontrarla le contó lo que había soñado y le prometió que nunca más huiría ni se quejaría de los sufrimientos y contrariedades. Agradecido por el bien que ella le había hecho con el regalo, le dijo:

—Ahora he entendido que la cruz es el único puente que me conducirá hasta el Cielo.

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