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San Vicente Ferrer

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Imaginemos un predicador cuyas homilías durasen de dos a tres horas y que en los Viernes Santos se extendieran hasta seis horas… ¿Será que habría gente dispuesta a escucharlo?

 

 

¡Un gran predicador!

 

¡Si el predicador fuera San Vicente Ferrer…habría muchas personas!

Pues las iglesias donde él acostumbraba realizar sus homilías quedaban pequeñas para contener a la multitud que atraía.

En Tolosa, España, uno de sus sermones se prolongó por ¡seis horas seguidas! Sus oyentes de dicha ciudad solían decir: “Este hombre vino a esta ciudad para nuestra salvación o para nuestra perdición. Para que nos salvemos, si hacemos lo que él dice; para que nos condenemos, si descuidamos y desobedecemos.” Y afirmaban también: “Hasta ahora podíamos decir que no teníamos a nadie que nos enseñase bien lo que debemos cumplir por obligación. Ahora no podemos decir esto”.

Fue tan grande la devoción que los habitantes de Tolosa tuvieron por él, que después de su partida, transformaron en reliquias todas las pertenencias que pudieron guardar. La plataforma que usó para realizar sus predicaciones era tocada y besada como algo sagrado.

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En algunas localidades, mientras San Vicente Ferrer hacía sus predicaciones, todo se detenía. Las tiendas cerraban y hasta las audiencias en los tribunales eran suspendidas. Todos querían escucharlo. En los días en que San Vicente predicó en Tolosa, por ejemplo, no hubo predicador que quisiese hacer sermón, porque todo el mundo iba en búsqueda del Santo.

Cuando sabían que él estaba cerca de una ciudad, era común que el pueblo saliera a su encuentro. Se presentaban por tanto, verdaderas disputas para conseguir un lugar para permanecer lo más cerca posible del Santo. Así que para no ser aplastado por la veneración y entusiasmo popular, era necesario que cuatro hombres jóvenes y fuertes llevasen unas tablas de madera que formaban un cuadrilátero en el interior, en el cual San Vicente Ferrer podía caminar con seguridad.

 

¿De dónde viene la atracción y el éxito?

 

Con una brillante oratoria y lleno de entusiasmo, San Vicente Ferrer mantuvo la lógica de la argumentación escolástica. Sus oyentes percibían en él la presencia sobrenatural y sus palabras estaban llenas de amor de Dios. Era eso lo que atraía a todos. La gracia divina estaba en él.

Sus inflamados sermones no sólo atraían multitudes, sino que además, obtenían incontables conversiones, inclusive de judíos y musulmanes que todavía dominaban la península ibérica.

Sin duda, el éxito y las gracias obtenidas en ese apostolado eran fruto de su obediencia amorosa a Nuestro Señor Jesucristo que, en una visión tenida por el Santo, le ordenó que predicase la verdadera Fe católica por el mundo entero.

 

Siempre cerca a la Orden de los Predicadores

 

La casa de sus padres quedaba en las inmediaciones del Real Convento de la Orden de los Predicadores, los dominicos. Esto ayudó a que, desde joven, Vicente decidiera convertirse en religioso, vistiendo el hábito de los frailes dominicos.

Hizo su profesión religiosa en 1368 y fue ordenado sacerdote en 1374.

Alternó el estudio y la enseñanza de la filosofía con el aprendizaje de la teología pasando por las ciudades de Lérida, Barcelona y Tolosa, todas en España. Profundizó en el estudio y conocimiento perfecto de la exégesis bíblica y de la lengua hebrea.

Cuando regresó a Valencia, su ciudad natal, enseñó teología, escribió, predicó y fue un eximio consejero.

Algunos años mas tarde, pasó a vivir a Francia, ejerciendo sus funciones en la ciudad de Aviñon, donde cayó gravemente enfermo sufriendo una dolencia que lo llevó al borde de la muerte.

Por motivo de esta enfermedad, todavía en Aviñon, Vicente tuvo una visión de Dios. Él vió a Nuestro Señor Jesucristo acompañado por Santo Domingo, fundador de su Orden Religiosa y por San Francisco de Asís. En esta visión, Nuestra Señor le dió la misión de predicar el evangelio por el mundo.

Después de aceptar esa difícil y noble incumbencia, repentinamente recuperó su salud.

El 22 de noviembre de 1399 abandonó Francia y viajó predicando la palabra de Dios a Occidente. Su acción fue una continua extensión de tesoros de sabiduría.

 

Una época perturbada, dentro y fuera de la Iglesia

 

San Vicente Ferrer nació en el año 1350, en Valencia, en una España que todavía luchaba contra los árabes musulmanes invasores de la península ibérica.

El Occidente pasaba por una gran crisis espiritual que alcanzaba directa o indirectamente a todas las naciones. ¡Ninguna se libraba!

Francia se encontraba devastada por la Guerra de los cien Años; en Italia había conflictos entre los “guelfos” y los “gibelinos”. Las regiones españolas de Castilla y Aragón vivían épocas de anarquía.

Fuera de las fronteras de la cristiandad el peligro musulmán era una constante.

Para empeorar el ambiente de confusión de esta fase histórica, hubo una crisis religiosa.

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Fue durante este periodo que se desató en el seno de la Iglesia el Cisma de Occidente. Cardenales declararon inválida la elección de Urbano VI como Papa, surgieron otros Papas. Uno de ellos fue Clemente VII.

Un Papa en Roma, otro en Aviñon. Los dos se excomulgaban mutuamente. Naciones y Reinos tomaron partidos de acuerdo con su conveniencia: La Cristiandad se dividió.

San Vicente Ferrer llegó a escribir un tratado sobre este cisma. Se esforzó y colocó todo su prestigio en la Cristiandad para que el Cisma de Occidente tuviera un resultado favorable a los intereses de la propia Iglesia.

Fue dentro de estas circunstancias históricas que circundaban el Occidente Cristiano que San Vicente Ferrer debería desarrollar su apostolado.

El perfil moral y religioso de Vicente

 

Fue, sobre todo, un religioso dominico fiel al carisma de Santo Domingo.

Vicente predicaba acerca de la segunda venida de Jesús en el Juicio Final. Y lo hacía de un modo tan compenetrado que provocaba la conversión en las personas.

Era un hombre de penitencia, de verdad, de esperanza, que sembraba la unidad y la expectativa de que el Señor volverá.

La Providencia bendice su apostolado: su predicación era confirmada con señales, milagros y conversiones.

Su vida fue una confirmación que la Palabra de Dios necesita ser anunciado con el espíritu y con una vida al servicio de la verdad y de la Iglesia.

 

Diariamente, diez mil personas besaban sus manos

 

En sus sermones, la voz de Dios hablaba por su boca: las enemistades públicas terminaban, los pecadores eran movidos al arrepentimiento, almas deseosas de perfección lo seguían.

Predicaba siempre para multitudes que, a veces llegaban a más de 15.000 personas al aire libre.

Personas contemporáneas del Santo afirmaban que, aunque hablaba en su propia lengua, era entendido por quien no la conocía.

En Tolosa fue tan grande la cantidad de personas, que el propio Arzobispo pidió para que el sermón fuese en la plaza de San Esteban que queda al lado de la Iglesia y donde podía abarcar un público más amplio.

Vicente predicó y celebró Misa solemne en la plaza casi todos los días.

Los fieles tenían tanto deseo de conseguir un lugar en las ceremonias que se levantaban a media noche y se dirigían a la plaza con linternas y antorchas y cada uno traía su propio asiento.

Todos afirmaban que podían escucharlo estando cerca o lejos de él.

Incluso así, todos querían estar junto a él. Querían verlo bien, observar como oficiaba las ceremonias religiosas, como curaba los enfermos que venían a la plataforma donde se encontraba.

Todos querían estar lo más cerca posible para besar sus manos, así cuando el sermón terminaba podían volver a sus casas habiendo recibido de él una bendición.

Una vez, en una aldea, las diez mil personas que escucharon el sermón besaron respetuosamente sus manos. Y este gesto fue repetido en los once siguientes días en que él predicó.

 

Convirtió moros, resucitó a una desafiante judía

 

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San Vicente trabajó con ahinco también en la conversión de judíos y de musulmanes. Los historiadores afirman que fueron 25.000 judíos y 8.000 musulmanes convertidos con su ejemplo y palabras.

El Domingo de Ramos del año 1407 predicaba en una iglesia de Écija, en España. Una señora judía, rica y poderosa, seguía sus sermones por mera curiosidad. Hacía sarcasmos a media voz y, en forma de desafío, se levantó de improviso y atravesó la multitud para salir. No conseguía esconder su furia. El pueblo, con razón, quedó indignado con su actitud.

“Déjenla salir, dijo el Santo, pero apartáos todos del pórtico”…

Y fue justamente ese pórtico de la entrada de la Iglesia que cayó sobre ella y la mató.

San Vicente dijo entonces, en tono alto y claro: “¡Mujer, en nombre de Cristo vuelve a la vida!”

¡La mujer resucitó! Después de esto, la señora se convirtió a la verdadera Religión… y en la ciudad, anualmente, una procesión pasó a conmemorar la muerte, resurrección y conversión de la señora judía .

 

Él profetizó su canonización y quien lo canonizaría

 

Con el pasar de los años, la vejez llegó y con ella el cansancio y la fatiga física. Muchas veces, se vio obligado a caminar ayudado.

Pero cuando comenzaba a predicar, sin embargo, todo desaparecía. Su rostro como que se transfiguraba, la piel parecía retomar la frescura de su juventud. Sus ojos brillaban y su voz era clara y sonora.

Su convicción era firme y se notaba en sus palabras, dejando a todos admirados.

Los frutos de los sermones eran abundantes, de tal modo que eran siempre necesarios muchos sacerdotes para escuchar las confesiones que ellos generaban.

Su misión apostólica continuó hasta 1419.

Estaba en Bretaña, cuando se dio cuenta que su vida estaba llegando a su fin.

Como él amaba mucho su tierra natal, fue llevado a un barco para ser transportado hasta ella y morir allí. El barco navegó toda la noche. Pero, en la mañana, inexplicablemente, se encontraba en el puerto. Era una señal de que Dios quería que muriese en Bretaña.

A los 69 años, asistido por amigos, por los hermanos dominicos y por damas de la corte de la Duquesa de Bretaña, entregó su alma combativa a Dios. Era el día 5 de abril de 1419.

El proceso de canonización comenzó al día siguiente. La Iglesia reconoció como auténticos 873 milagros.

En 1455 fue canonizado por el Papa Calixto III que, muchos años antes de ser Papa, fue favorecido por una profecía de San Vicente.

Durante una de las predicaciones del Santo en Valencia, entre la multitud de los que se aproximaban a él para encomendarse a sus oraciones, San Vicente puso su atención en un sacerdote, que le pedía también la caridad de rezar por él.

El Santo le dijo: “Yo te felicito, hijo mío. Tened presente que eres llamado a ser un día la gloria de tu patria y de tu familia, pues serás revestido de la más alta dignidad a la que puede llegar un hombre mortal. Y yo mismo seré, después de mi muerte, objeto de tu particular veneración”.

San Vicente Ferrer al saludar un joven franciscano le dijo: “¡Oh! Vos estaréis en los altares antes que yo.” El joven era el futuro San Bernardino de Siena, canonizado en 1450.

San Vicente Ferrer, Rogad por nosotros.

 

Fuentes:

* Henri Gheon, San Vicente Ferrer, Ediciones y Publicaciones Españolas S.A., Madrid, 1945
* Ludovico Pastor, Historia de los Papas, vol. II, Ediciones G. Gili, Buenos Aires, 1948.
* Frei Vicente Justiniano Antist, Vida de San Vicente Ferrer, en Biografía y Escritos de San Vicente Ferrer, BAC, Madrid, 1956.

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