Comentario al Evangelio - Vigilia Pascual en la Noche Santa

Comentario al Evangelio – Vigilia Pascual en la Noche Santa

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3 marzo, 2016
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Comentario al Evangelio – Vigilia Pascual en la Noche Santa

Una «persecusión» de la bondad divina

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Monseñor João Clá Dias EP.

 

Destruido el plan original de la Creación con el pecado de nuestros primeros padres, Dios comienza, en su infinita bondad, un proceso que culmina de forma grandiosa en la noche de la Resurrección del Señor.

 

 Evangelio

1 El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. 2 Encontraron corrida la piedra del sepulcro. 3 Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. 4 Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes.
5 Ellas quedaron despavoridas y con las caras mirando al suelo y ellos les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? 6 No está aquí. Ha resucitado. Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, 7 cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar”.
8 Y recordaron sus palabras. 9 Habiendo vuelto del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás. 10 Eran María la Magdalena, Juana y María, la de Santiago. También las demás, que estaban con ellas, contaban esto mismo a los Apóstoles. 11 Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron.
12 Pedro, sin embargo, se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, ve sólo los lienzos. Y se volvió a su casa, admirándose de lo sucedido (Lc 24, 1-12).

I – LA CEREMONIA MÁS BELLA DEL CICLO LITÚRGICO

La noche que precede al Domingo de Resurrección está marcada por la riquísima ceremonia de la Vigilia Pascual, realizada en honor de ese grandioso misterio. En los albores del cristianismo, los fieles valoraban bastante esa noche, la cual solían pasar en oración preparándose para conmemorar el triunfo de Jesús sobre la muerte, celebrando la Eucaristía en la madrugada del domingo. Desde el Jueves Santo la Iglesia primitiva, inmersa en el recuerdo de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, se abstenía del Santo Sacrificio, incluso en el sábado, y prefería acompañar desde el silencio de la sepultura el cuerpo inanimado del divino Redentor. Con el paso del tiempo se perdió esa costumbre en Occidente donde, a partir del siglo XI, la Solemnidad de la Resurrección fue siendo anticipada poco a poco a la mañana del Sábado Santo.1 Finalmente, en 1951 el Papa Pío XII restauró definitivamente la Vigilia Pascual con la espléndida pompa litúrgica que la envuelve, inundada de profundo significado.

El misterio de la muerte de un Dios

Precisamente el día anterior, Jesús profería desde lo alto de la cruz un grito lancinante, indicativo de la soledad que experimentaba ante la inminencia de la muerte: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Sin embargo, ¿no había afirmado: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 30)? De hecho, en cuanto Hijo eterno del Padre, nunca se apartó de Él, porque no hay posibilidad de separación entre las tres Personas de la Santísima Trinidad. Tampoco cabría una separación entre la naturaleza divina y la naturaleza humana de Jesús —inseparable en la Persona del Verbo por la unión hipostática—, ni podría, de modo alguno, romperse la unión de la divinidad con el cuerpo o con el alma de Cristo.2 Lo que sí hubo fue la cisión entre el alma y el cuerpo que provocó la muerte. Se entiende entonces el clamor de Jesús por el hecho de que el Padre haya dejado de protegerlo y de asistirlo, abandonándolo en las manos de sus perseguidores, para permitirle padecer los dolores de la Pasión hasta expirar.3

El emotivo contraste entre las tinieblas y el fuego

La muerte es simbolizada en esta Vigilia por la oscuridad que envuelve al templo y sus alrededores al principio de la ceremonia, únicamente rasgada por la luz del fuego nuevo. ¿Cuál es la razón más profunda de ese fuego? Según la concepción de los antiguos, cuatro son los elementos que nos rodean: tierra, agua, aire y fuego. Los tres primeros nos son bastante conocidos, porque tenemos contacto directo con ellos: el pisar la tierra nos proporciona la sensación de estabilidad; nos gusta inmensamente entrar en las aguas del mar; o bien, beneficiarse, en un salto de paracaídas, del aire puro de las alturas, espléndido claustro de los ángeles. ¿Y el fuego? Acercarse a él resulta peligroso, y mantenerse vivo entre las llamas, imposible. Empero, es una sustancia indispensable para la vida en la tierra, empezando por el fuego del sol, fuente de luz y de calor.

El fuego de este mundo, no obstante, es una pálida imagen de otro muy superior. Una buena parte de los escolásticos considera que el Cielo empíreo no está compuesto por las cuatro esencias referidas, sino por una quinta esencia.4 Algo a semejanza del fuego —de ahí la palabra empíreo, del griego πυρός (pirós), que significa fuego—, con características notablemente diversas, porque Dios retira el ardor destructivo de ese fuego, reservándolo para el tormento de los réprobos en el infierno, y conserva su luminosidad para disfrute y alegría de los Bienaventurados en el Paraíso.5 El Doctor Angélico afirma que se puede decir que “el Cielo empíreo tiene luz no condensada, capaz de emitir rayos, como el sol, pero de forma más sutil. O que tiene el resplandor de la gloria, que no guarda parecido con la claridad natural”.6 A su vez, esa luz especial no es nada en comparación con la Luz verdadera y vivificante que es el mismo Dios, porque Él es la Luz (cf. 1 Jn 1, 5). Santa Teresa de Jesús, tras una visión mística en la que se le apareció el divino Salvador, exclamaba: “Parece una cosa tan dislustrada la claridad del sol que vemos, en comparación de aquella claridad y luz que se representa a la vista, que no se querrían abrir los ojos después […] Es luz que no tiene noche, sino que, como siempre es luz, no la turba nada”.7

El Cirio pascual —símbolo del Señor— se enciende en el fuego bendecido esa noche que representa la divinidad de Cristo, por cuya fuerza, idéntica a la del Padre, se resucitará a sí mismo8 de manera fulgurante, uniendo nuevamente su alma y su cuerpo, ahora glorioso, y haciendo cesar el milagro negativo por el que desde el momento de la Encarnación había querido asumir un cuerpo padeciente a pesar de que su alma estaba en la posesión de la visión beatífica.9 “En efecto, la divinidad —afirma San León Magno—, que no se había retirado de las dos substancias que componen el hombre que ella había asumido, reunió por su poder lo que su poder había separado”.10

Victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte

Antes de la Redención, la humanidad yacía en una tremenda noche de tinieblas: las del pecado y de la muerte. Ahora, al regresar Jesús a la vida nos trae la liberación completa, transmitiéndonos su propia luz, al igual que la llama del Cirio pascual, encendida a partir del fuego sagrado, va encendiendo sucesivamente las velas que los fieles portan apagadas desde el comienzo de la celebración litúrgica, para significar que Cristo es la Luz del mundo y el que lo sigue “no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

No sólo nos comunicará la gracia santificante, sino también nos hará partícipes de su mesa. Por eso la Vigilia Pascual es la ocasión más apropiada para celebrar a un mismo tiempo los dos grandes sacramentos de la vida cristiana: el Bautismo, que abre las puertas a todos los demás, y la Eucaristía, el más excelente y perfecto, porque tiene como sustancia al mismo Dios.

Las letras alfa y omega, grabadas por el celebrante en el Cirio, recuerdan que Jesús es el principio y el fin. De Él procede y a Él debe confluir toda la obra de la Creación: “Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos”.11

Tras este rito inicial, el Cirio se introduce en el recinto sagrado, donde un diácono proclama el Pregón Pascual, emocionante canto que pone de manifiesto cómo el pecado, bajo cierto punto de vista, fue necesario para que merezcamos tan gran Redentor.

Una síntesis de la Historia de la salvación

Finalmente la Liturgia de la Palabra sintetiza en siete lecturas del Antiguo Testamento la Historia de la salvación, a la luz de las maravillas operadas por Dios a favor del pueblo elegido desde su génesis hasta la Resurrección del Señor, conmemorada en la misma Misa. Ese sabio conjunto de pasajes de la Sagrada Escritura constituía la última enseñanza dada a los catecúmenos que, según una antigua tradición de la Iglesia, serían bautizados esa misma noche.

La primera lectura (Gn 1, 1—2, 2) narra la obra de los seis días, desarrollo de un plan magnífico dentro del cual Dios establece al hombre, hecho a su imagen y semejanza, como rey y dominador de toda la tierra. En ese pasaje del Libro del Génesis podemos destacar la creación de la luz y la separación del día y la noche, tan simbólicamente relacionada con la ceremonia descrita más arriba.

En la segunda lectura (Gn 22, 1-18) consideramos la Alianza que Dios hizo con Abrahán, como garantía de la victoria sobre la terrible noche que atravesaba la humanidad desde el pecado original, en el paraíso. Este episodio resalta la elección de un pueblo no restringido a la sangre, sino espiritual, abierto a una amplitud infinita y confinado en el mismo Dios. Linaje que tiene su origen en un padre común, Abrahán, del cual nació Isaac, que engendró a Jacob, cuyos hijos se establecieron en Egipto, donde crecieron y se multiplicaron, convirtiéndose en una numerosa y temible nación, hasta que cayó en la esclavitud, cuando “surgió en Egipto un faraón nuevo que no había conocido a José” (Ex 1, 8). Una vez más, Dios toma la iniciativa de ir en auxilio de los hebreos y suscita la figura de Moisés que los liberará de la servidumbre por medio de una sucesión de milagros, cuyo ápice nos lo describe la tercera lectura (Ex 14, 15—15, 1): los israelitas cruzan el mar Rojo a pie enjuto mientras todo el ejército egipcio se ahoga en sus aguas, en un nuevo triunfo del designio de Dios a favor de su amada herencia.

A continuación, dos pasajes del profeta Isaías (54, 5-14; 55, 1-11) muestran la gran compasión de Dios que no abandona a su grey, a pesar de haberla rechazado un instante como castigo por sus infidelidades y transgresiones. La imagen de la esposa repudiada y rescatada después es un símbolo de la sinagoga que cede el sitio a la Iglesia, con la cual el Señor firma una Nueva Alianza irrevocable e indisoluble.

Por último, se siguen las últimas lecturas del Antiguo Testamento, extraídas de las profecías de Baruc (3, 9-15.32—4, 4) y de Ezequiel (36, 16-17a.18-28). En la primera vemos a los hebreos a merced de los enemigos y privados de la paz por haber abandonado la sabiduría; pero Dios, con un cariño más que maternal, les enseña a abrazarla nuevamente y a caminar “al resplandor de su luz” (Ba 4, 2). Ezequiel, por su parte, recuerda los castigos infligidos al pueblo por su caída en la idolatría, y le anuncia, al mismo tiempo, los portentos de misericordia que el Señor hará en consideración a su Santo Nombre: “Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis Mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios” (Ez 36, 25-28). A despecho de la impiedad de su pueblo, Dios asegura que derramará sobre él un agua pura capaz de borrar todos sus pecados, prenunciando la regeneración bautismal que le confiere la gracia santificante y nos hace partícipes de la vida divina.

La bellísima secuencia de estas lecturas culmina —después del cántico del Gloria— con una octava lectura: un fragmento de la Epístola a los Romanos (6, 3-11), en la cual San Pablo, el apóstol de la Resurrección, demuestra cómo la elevación de nuestra naturaleza al plano sobrenatural, profetizada por Ezequiel, tiene su fundamento en la Resurrección de Cristo y cómo debemos ser consecuentes en conformar nuestra propia existencia con ese inestimable don, muriendo al pecado y viviendo sólo para Dios.

Dios siempre ofrece el ciento por uno

El rito de la Vigilia Pascual va creando progresivamente el ambiente adecuado para que comprendamos el amor infinito de Dios y su deseo de perdonar. Así, acepta benigno la ofrenda de fe de Abrahán, atiende la súplica de Moisés y establece promesas siempre renovadas que cumple con asombrosa exuberancia y prodigalidad, dando más del ciento por uno, porque no hay proporción entre la promesa y su realización. Después de todos los desvaríos de la nación elegida, aún suscita de en medio de ésta a María Santísima, San José y al mismo Jesucristo, nuestro Señor, y le ofrece la garantía de la conversión y de la restitución del esplendor original, en el fin del mundo (cf. Rm 11, 25-32).

 

II – LA FALTA DE FE EN LA RESURRECIÓN DEMOSTRADA POR LOS APÓSTOLES

Esa suprema bondad divina encuentra en el Evangelio una nueva manifestación.

1 El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. 2 Encontraron corrida la piedra del sepulcro. 3 Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. 4a Mien­tras estaban des­concertadas por esto,…

Las Santas Mujeres, con Santa María Magdalena a la cabeza —que debe haber animado a las otras a seguirla—, fueron al sepulcro con la esperanza de encontrar únicamente un cadáver, muestra de que no pensaban siquiera en una posible resurrección de Jesús, aunque la hubiese anunciado claramente en varias ocasiones.

En esa época las tumbas no eran como las de nuestros días. Según la costumbre judía, las familias ricas no sepultaban a los muertos en la tierra, sino en cámaras excavadas en la roca, a veces tan profundas que tenían escaleras de acceso y galerías subterráneas. En la entrada había dos raíles sobre los cuales rodaba una piedra circular que cerraba el recinto, incluso se lacraba.

Ahora bien, la realidad constatada por las mujeres no fue que la piedra se hubiera movido franqueando la entrada —algo de por sí inusual—, sino que había sido violentamente trasladada fuera de los raíles, lo que atestiguaba contundentemente la Resurrección del Señor, confirmada además por la ausencia de su sagrado cuerpo.

Los ángeles recuerdan lo que había sido anunciado por el Salvador

4b …se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. 5 Ellas quedaron despavoridas y con las caras mirando al suelo y ellos les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? 6 No está aquí. Ha resucitado. Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, 7 cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar”. 8 Y recordaron sus palabras.

Sorprendidas y dominadas por el miedo, las mujeres ni siquiera reconocieron como tales a los dos ángeles que se les acercaron para comunicarles que el divino Maestro estaba vivo. Únicamente después de oír sus palabras se acordaron de las reiteradas ocasiones en las que el Señor había predicho su Pasión, Muerte y Resurrección.

Las mujeres, primeras evangelizadoras de la Resurrección

9 Habiendo vuelto del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás. 10 Eran María la Magdalena, Juana y María, la de Santiago. También las demás, que estaban con ellas, contaban esto mismo a los Apóstoles. 11 Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron. 12 Pedro, sin embargo, se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, ve sólo los lienzos. Y se volvió a su casa, admirándose de lo sucedido.

Creyeron y salieron corriendo a transmitirles a los Apóstoles y a los discípulos la noticia de ese magno acontecimiento. Aunque al verlas llegar en ese estado de conmoción pensaron que era un delirio —fruto de la volubilidad femenina—, que las llevaba a imaginar situaciones irreales. Hombres concebidos en el pecado original y portadores, hasta entonces, de una débil fe, eran incapaces de creer en la maravilla que había ocurrido, pues “vueltos aún hacia la tierra no podían volar más alto”.12

San Pedro y San Juan, por las dudas, resolvieron dirigirse al sepulcro para comprobar la veracidad de lo que les había sido relatado, sin comprender, no obstante, lo que había sucedido, y sin entender la Escritura, según la cual Jesús había de resucitar de entre los muertos (cf. Jn 20, 9). Si del discípulo amado tan sólo sabemos que “vio y creyó” (Jn 20, 8), de Pedro ha quedado consignado que “se volvió a su casa, admirándose de lo sucedido” (Lc 24, 12), hasta que algunas horas después el Señor se le apareció en privado (cf. Lc 24, 34). En cuanto a los demás, solamente más tarde, cuando pusieron sus propias manos en las llagas de Jesús —pues puede deducirse de la narración evangélica (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 20.24-25) que no sólo Santo Tomás fue el único que gozó de ese privilegio—, por fin creyeron. Lamentablemente tampoco habían retenido en la memoria las afirmaciones del divino Maestro en relación con su Resurrección al tercer día.

Al designar a las Santas Mujeres como primeras evangelizadoras y heraldos de su Resurrección, Cristo exigió de los Apóstoles un acto de humildad. “La mujer es invitada en primer lugar —comenta el padre Monsabré— para que la que otrora, junto con el hombre, fue la mensajera de la muerte reparase su primer crimen, viniendo a ser el apóstol de la vida, y recibiese, en ese glorioso ministerio, la absolución de su ignominia y de la maldición en la que había incurrido. El hombre se muestra rebelde a la fe, para que su incredulidad providencial determine un progreso de manifestaciones, por el cual el espíritu humano es conducido hasta la perfecta e imperiosa convicción”.13

La misericordia divina sobrepasa las miserias

Por consiguiente, a pesar de las miserias y aprovechándose de ellas, la bondad de Jesús hace de los Apóstoles, de los discípulos y de las Santas Mujeres testigos de su Resurrección para los siglos futuros. Una vez más podemos observar, en la línea de la enseñanza de las lecturas de esta Vigilia Pascual, algo así como una “persecución” de la misericordia y de la clemencia de Dios, que trata a todo coste vencer a la justicia. Ésta es, en realidad, la historia de cada uno de nosotros, porque si echamos un vistazo a nuestra vida pasada encontraremos toda clase de infidelidades, seguidas de un nuevo llamamiento de parte de la Providencia y de gracias que superan las anteriormente recibidas.

 

III – LA RESURRECIÓN DE CRISTO, RAZÓN DE NUESTRA FE

Con la pérdida de la inocencia original, empezó sobre la faz de la tierra un drama para las almas. Dificultades, tragedias y tentaciones nos asaltan en cualquier circunstancia y el dominio del pecado va, poco a poco, transformando el mundo en una selva, donde “el hombre es un lobo para el hombre”, 14 como dice Plauto en su famoso proverbio. Privado del don de la inmortalidad, recibido de Dios en el paraíso, el ser humano experimenta, con el paso de los años, la debilidad y el malestar inherente a la edad, que le recuerdan la cercanía de la muerte y de la tumba, perspectiva que le angustia profundamente.

Sin embargo, el panorama cambió radicalmente desde el momento en que el Verbo se encarnó y escogió para sí un cuerpo padeciente como el nuestro, para poder sufrir todos los dolores de la Pasión, hasta el “Consummatum est!”(Jn 19, 30). “La flaqueza, sí, y la mortalidad, que no eran el pecado, sino solamente la pena del pecado, el Redentor del mundo las ha tomado para su suplicio, para que por ellas se pague nuestro rescate. Lo que, en todos los hombres, era el legado de una condenación es, pues, en Cristo, un medio sagrado en las manos de su bondad. Libre de toda deuda, se entregó, en efecto, al más cruel de todos los acreedores y permitió que torturasen su carne inocente. Ha querido que ésta fuese mortal hasta su Resurrección, a fin de que, para los que creían en Él, ni la persecución pudiese parecer intolerable, ni la muerte temida: puesto que, como no debían dudar que comulgaban de su naturaleza, no debían tampoco dudar que participarían de su gloria”.15

Si Jesús no hubiese resucitado e instaurado el régimen de la gracia no habría esperanza verdadera en esta vida, como lo declara San Pablo de forma tajante: “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido” (1 Co 15, 17). De este modo, encontramos fuerzas para enfrentar como un episodio transitorio los tormentos de la muerte, pues considerada en función de la eternidad, el tiempo que media entre ella y la resurrección es nada. “Sabemos —como dice San Juan— que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2). La prueba de que nos resucitará para la gloria al volver en el fin del mundo, si morimos en gracia de Dios, está en su propia Resurrección que conmemoramos en esta Vigilia.

La fe que debemos tener

¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto” (Jn 20, 29). Todos los católicos somos hoy bienaventurados, pues aunque no hayamos visto, creemos que Él rompió las cadenas de la muerte; creemos porque en lo más hondo del alma refulge la virtud de la fe, infundida en nosotros en el momento del Bautismo.

La fe exigida a Abrahán cuando le fue prometido que sería padre de una multitud de hijos, más numerosos que las estrellas del cielo y las arenas de la playa (cf. Gn 22, 16-17); la fe que fue necesaria al pueblo hebreo para atravesar el mar Rojo, con los egipcios pisándoles los talones; la fe que le fue pedida a los judíos cuando se encontraban en la ruina y entregados a la idolatría, para creer que un día recibirían un nuevo corazón y un nuevo espíritu; la fe indispensable a los Apóstoles para creer en la Resurrección del Señor. La fe que ya tiene historia y tradición, y en la cual nos precedieron tantos santos a lo largo de los siglos, pero que en nuestros días se hace más necesaria. La fe que entra en los planes de Dios como la gota de agua que, en la Misa, el sacerdote pone en el cáliz del vino que será consagrado.

La Iglesia triunfará

Nos encontramos en un proceso, en estado avanzado y ya multisecular, en el que la humanidad es paulatinamente instigada por los infiernos a apartarse de Dios. En el empeño de derrotar a la Santa Iglesia y de extinguir su luz —que es el mismo Jesucristo—, Satanás actúa de manera a apagar la llama de la fe en las almas, obteniendo como resultado un mundo paganizado, una sociedad inmersa en el caos, a camino de la anarquía, donde la virtud se vuelve cada vez más rara e impera el pecado. ¡Es de noche!

C’est la nuit qu’il est beau de croire à la lumière!”.16 Cómo es hermoso, cómo es glorioso y meritorio creer en la luz de noche. Sabemos que las tinieblas no podrán ocultar esa luz (cf. Jn 1, 5), porque es divina. Es la Esposa Mística de Cristo, sin arruga y sin mancha (cf. Ef 5, 27), erigida por Él y nacida de su costado en el instante en que Longino le atravesó con su lanza. Es nuestra madre, nuestra luz, el camino de salvación, que distribuye los sacramentos y quien nos santifica. Está siempre dispuesta a perdonarnos, como el mismo Redentor perdonó al buen ladrón en lo alto de la cruz, ofreciéndonos la posibilidad de volver a erguirnos y sin permitir que desfallezcamos en el camino. Ésta es la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, que tiene como cimientos la promesa de su Fundador: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16, 18).

Bienaventurado será el que contemple la victoria de la luz sobre las tinieblas de este mundo, cuando la Iglesia aplaste la cabeza de la serpiente maldita y brille en todos los continentes con esplendor y gloria jamás vistos. Será la plenitud de los efectos de la Preciosísima Sangre de Jesucristo, nuestro Señor, derramada en el Calvario, y de su Resurrección triunfante, que hoy la Iglesia celebra jubilosamente.

1 Cf. GUÉRANGER, OSB, Prosper. L’Année Liturgique. La Passion et la Semaine Sainte. 26.ª ed. Tours: Alfred Mame et fils, 1921, pp. 607-608.
2 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 50, a. 2; a. 3.
3 Cf. Ídem, a. 2, ad 1; SUÁREZ, SJ, Francisco. Disp. 38, sec. 2, n.º 5. In: Misterios de la Vida de Cristo. Madrid: BAC, 1950, v. II, pp. 153-154.
4 Cf. PESSION, Pierre-Joseph. Le Paradis. Aoste: Catholique, 1899, pp. 120-123.
5 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., I, q. 61, a. 4; Suppl., q. 97, a. 1; a. 4.
6 Ídem, I, q. 66, a. 3, ad 4.
7 SANTA TERESA DE JESÚS. Libro de la vida. C. XXVIII, n.º 5. In: Obras Completas. Burgos: El Monte Carmelo, 1915, t. I, p. 219.
8 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., III, q. 53, a. 4, ad 1.
9 Cf. Ídem, q. 14, a. 1, ad 2.
10 SAN LEÓN MAGNO. De Resurrectione Domini. Sermo I, hom. 58 [LXXI], n.º 2. In: Sermons. París: Du Cerf, 1961, v. III, p. 125.
11 VIGILIA PASCUAL. Bendición del fuego y preparación del cirio. In: MISAL ROMANO. Texto unificado en lengua española. Edición típica aprobada por la Conferencia Episcopal Española y confirmada por la Congregación para el Culto Divino. 17.ª ed. San Adrián del Besós (Barcelona): Coeditores Litúrgicos, 2001, p. 277.
12 SAN JUAN CRISÓSTOMO. De petitionem matris filiorum Zebedæi. Contra anomœos. Hom. VIII, n.º 4: MG 48, 774.
13 MONSABRÉ, OP, Jacques-Marie-Louis. Le Triomphateur. In: Exposition du Dogme Catholique. Vie de Jésus-Christ. Carême 1880. 9.ª ed. París: Lethielleux, 1903, v. VIII, pp. 285-286.
14 PLAUTUS, Titus Maccius. Asinaria, II, 4, 88. In: Comedias. Madrid: Gredos, 1992, v. I, p. 138.
15 SAN LEÓN MAGNO, op. cit., Sermo II, hom. 59 [LXXII], n.º 2, pp. 130-131.
16 ROSTAND, Edmond. Chantecler. París: Pierre Lafitte et Cie, 1910, p. 124.

 

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