San Luis Grignion de Montfort

El rey y el carpintero: ¡San José el Justo!
1 mayo, 2016
San José Benedito Cottolengo
2 mayo, 2016

San Luis Grignion de Montfort

1

Juan Pablo II, aun siendo joven, encontró a San Luis Grignon de Montfort y aprendió con él a amar a la Madre de Dios. Los dos se llevaron muy bien. Vea aquí lo que el Beato dice de quien es considerado el mayor devoto de la Virgen Santísima.

 

Un texto clásico de la espiritualidad mariana

2Hace 160 años se publicaba una obra destinada a convertirse en un clásico de la espiritualidad mariana. San Luis María Grignion de Montfort compuso el Tratado de la verdadera devoción a la santísima Virgen a comienzos del año 1700, pero el manuscrito permaneció prácticamente desconocido durante más de un siglo. Finalmente, en 1824 fue descubierto casi por casualidad, y en 1843, cuando se publicó, tuvo un éxito inmediato, revelándose como una obra de extraordinaria eficacia en la difusión de la «verdadera devoción» a la Virgen santísima. A mí personalmente, en los años de mi juventud, me ayudó mucho la lectura de este libro, en el que «encontré la respuesta a mis dudas», debidas al temor de que el culto a María, «si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo» (Don y misterio, BAC 1996, p. 43). Bajo la guía sabia de san Luis María comprendí que, si se vive el misterio de María en Cristo, ese peligro no existe. En efecto, el pensamiento mariológico de este santo «está basado en el misterio trinitario y en la verdad de la encarnación del Verbo de Dios  (ibid.).

La Iglesia, desde sus orígenes, y especialmente en los momentos más difíciles, ha contemplado con particular intensidad uno de los acontecimientos de la pasión de Jesucristo referido por san Juan: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19, 25-27). A lo largo de su historia, el pueblo de Dios ha experimentado este don hecho por Jesús crucificado: el don de su Madre. María santísima es verdaderamente Madre nuestra, que nos acompaña en nuestra peregrinación de fe, esperanza y caridad hacia la unión cada vez más intensa con Cristo, único salvador y mediador de la salvación (cf. Lumen gentium, 60 y 62).

3Como es sabido, en mi escudo episcopal, que es ilustración simbólica del texto evangélico  recién citado, el lema Totus tuus se inspira en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort (cf. Don y misterio, pp. 43-44; Rosarium Virginis Mariae, 15). Estas dos palabras expresan la pertenencia total a Jesús por medio de María: «Tuus totus ego sum, et omnia mea, tua sunt», escribe san Luis María; y traduce: «Soy todo vuestro, y todo lo que tengo os pertenece, ¡oh mi amable Jesús!, por María vuestra santísima Madre» (Tratado de la verdadera devoción a la santísima Virgen, 233, Editorial Esin, S.A., Barcelona, 1999, p. 150). La doctrina de este santo ha ejercido un profundo influjo en la devoción mariana de muchos fieles y también en mi vida. Se trata de una doctrina vivida, de notable profundidad ascética y mística, expresada con un estilo vivo y ardiente, que utiliza a menudo imágenes y símbolos. Sin embargo, desde el tiempo en que vivió san Luis María en adelante, la teología mariana se ha desarrollado mucho, sobre todo gracias a la decisiva contribución del concilio Vaticano II. Por tanto, a la luz del Concilio se debe releer e interpretar hoy la doctrina monfortana, que, no obstante, conserva su valor fundamental.

En esta carta quisiera compartir con vosotros, religiosos y religiosas de la familia monfortana, la meditación de algunos pasajes de los escritos de san Luis María, que en estos momentos difíciles nos ayuden a alimentar nuestra confianza en la mediación materna de la Madre del Señor.

 

Ad Iesum per Mariam

 

San Luis María propone con singular eficacia la contemplación amorosa del misterio de la Encarnación. La verdadera devoción mariana es cristocéntrica. En efecto, como recordó el concilio Vaticano II, «la Iglesia, meditando sobre ella (María) con amor y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración, penetra más íntimamente en el misterio supremo de la Encarnación» (Const. Lumen gentium, 65).

El amor a Dios mediante la unión con Jesucristo es la finalidad de toda devoción auténtica, porque -como escribe san Luis María- Cristo «es el único maestro que debe enseñarnos, es nuestro único Señor de quien debemos depender, nuestro único jefe a quien debemos pertenecer, nuestro único modelo al que debemos conformarnos, nuestro único médico que nos debe sanar, nuestro único pastor que debe alimentarnos, nuestro único camino por donde debemos andar, nuestra única verdad que debemos creer, nuestra única vida que debe vivificarnos, y nuestro único todo en todas las cosas que debe bastarnos» (Tratado de la verdadera devoción, 61, o.c., p. 47).

La devoción a la santísima Virgen es un medio privilegiado «para hallar a Jesucristo perfectamente, para amarle tiernamente y servirle fielmente» (ib., 62, o.c., p. 48). Este deseo central de «amar tiernamente» se dilata enseguida en una ardiente oración a Jesús, pidiendo la gracia de participar en la indecible comunión de amor que existe entre él y su Madre. La orientación total de María a Cristo, y en él a la santísima Trinidad, se experimenta ante todo en esta observación: «Porque no pensaréis jamás en María sin que María, por vosotros, piense en Dios; no alabaréis ni honraréis jamás a María, sin que María alabe y honre a Dios. María es toda relativa a Dios, y me atrevo a llamarla la relación de Dios, pues sólo existe con respecto a él, o el eco de Dios, ya que no dice ni repite otra cosa más que Dios. Si dices María, ella dice Dios. Santa Isabel alabó a María y la llamó bienaventurada por haber creído, y María, el eco fiel de Dios, exclamó: Mi alma glorifica al Señor. Lo que en esta ocasión hizo María, lo hace todos los días; cuando la alabamos, la amamos, la honramos o nos damos a ella, alabamos a Dios, amamos a Dios, honramos a Dios, nos damos a Dios por María y en María» (ib., 225, o.c., p. 146).

4También en la oración a la Madre del Señor san Luis María expresa la dimensión trinitaria de su relación con Dios: «Te saludo, María, hija predilecta del Padre eterno. Te saludo, María, Madre admirable del Hijo. Te saludo María, Esposa fidelísima del Espíritu Santo» (El Secreto de María, 68). Esta expresión tradicional, que ya usó san Francisco de Asís (cf. Fuentes franciscanas, 281), aunque contiene niveles heterogéneos de analogía, es sin duda eficaz para expresar de algún modo la peculiar participación de la Virgen en la vida de la santísima Trinidad.

San Luis María contempla todos los misterios a partir de la Encarnación, que se realizó en el momento de la Anunciación. Así, en el Tratado de la verdadera devoción María aparece como «el verdadero paraíso terrenal del nuevo Adán», la «tierra virgen e inmaculada» de la que él fue modelado (n. 261). Ella es también la nueva Eva, asociada al nuevo Adán en la obediencia que repara la desobediencia original del hombre y de la mujer (cf. ib., 53; san Ireneo, Adversus haereses, III, 21, 10-22, 4). Por medio de esta obediencia, el Hijo de Dios entra en el mundo. Incluso la cruz ya está misteriosamente presente en el instante de la Encarnación, en el momento de la concepción de Jesús en el seno de María. En efecto, el ecce venio de la carta a los Hebreos (cf. Hb 10, 5-9) es el acto primordial de obediencia del Hijo al Padre, con el que aceptaba su sacrificio redentor «ya cuando entró en el mundo».

«Toda (…) nuestra perfección -escribe san Luis María Grignion de Montfort- consiste en estar conformes, unidos y consagrados a Jesucristo; la más perfecta de todas las devociones es sin duda alguna la que nos conforma, une y consagra más perfectamente a este acabado modelo de toda santidad; y pues que María es entre todas las criaturas la más conforme a Jesucristo, es consiguiente que, entre todas las devociones, la que consagra y conforma más un alma a nuestro Señor es la devoción a la santísima Virgen, su santa Madre, y cuanto más se consagre un alma a María, más se unirá con Jesucristo» (Tratado de la verdadera devoción, 120, o.c., p. 83). San Luis María, dirigiéndose a Jesús, expresa cuán admirable es la unión entre el Hijo y la Madre: «de tal modo está ella transformada en vos por la gracia, que no vive, no existe, sino que sólo vos, mi Jesús, vivís y reináis en ella… ¡Oh! si fuere conocida la gloria y el amor que recibisteis, Señor, en esta admirable criatura… María os está tan íntimamente unida…; porque ella os ama más ardientemente y os glorifica más perfectamente que todas vuestras criaturas juntas» (ib., 63, o.c., p. 49).

 

María, miembro eminente del Cuerpo místico y Madre de la Iglesia

 

Como dice el concilio Vaticano II, María «es también saludada como miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia y como su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y en el amor» (Lumen gentium, 53). La Madre del Redentor también ha sido redimida por él, de modo único en su inmaculada concepción, y nos ha precedido en la escucha creyente y amorosa de la palabra de Dios que nos hace felices (cf. ib., 58). También por eso María «está íntimamente unida a la Iglesia.
La Madre de Dios es figura (typus) de la Iglesia, como ya  enseñaba san Ambrosio: en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo. Ciertamente, en el misterio de la Iglesia, que también es llamada con razón madre y virgen, la santísima  Virgen  María  fue por delante mostrando en forma eminente y singular el modelo de virgen y madre» (ib., 63). El mismo Concilio contempla a María como Madre de los miembros de Cristo (cf. ib., 53, 62), y así Pablo VI la proclamó Madre de la Iglesia. La doctrina del Cuerpo místico, que expresa del modo más fuerte la unión de Cristo con la Iglesia, es también el fundamento bíblico de esta afirmación. «La cabeza y los miembros nacen de una misma madre» (Tratado de la verdadera devoción, 32, o.c., p. 30), nos recuerda san Luis María. En este sentido, decimos que, por obra del Espíritu Santo, los miembros están unidos y son configurados con Cristo Cabeza, Hijo del Padre y de María, de modo que «todo hijo verdadero de la Iglesia debe tener a Dios por Padre y a María por Madre» (El Secreto de María, 11).

En Cristo, Hijo unigénito, somos realmente hijos del Padre y, al mismo tiempo, hijos de María y de la Iglesia. En el nacimiento virginal de Jesús, renace de algún modo toda la humanidad. A la Madre del Señor «se le pueden aplicar, con más verdad que a san Pablo estas palabras: «¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Ga 4, 19). Yo doy a luz todos los días hijos de Dios, para que Jesucristo, mi Hijo, se forme en ellos en la plenitud de su edad» (Tratado de la verdadera devoción, 33, o.c., p. 31). Esta doctrina tiene su expresión más bella en la oración: «Oh Espíritu Santo, concédeme una gran devoción y una gran inclinación hacia María, un sólido apoyo en su seno materno y un asiduo recurso a su misericordia, para que en ella tú formes a Jesús dentro de mí» (El Secreto de María, 67).

5Una de las expresiones más altas de la espiritualidad de san Luis María Grignion de Montfort se refiere a la identificación del fiel con María en su amor a Jesús, en su servicio a Jesús.

Meditando en el conocido texto de san Ambrosio: «Que el alma de María esté en cada uno para glorificar al Señor; que el espíritu de María esté en cada uno para exultar en Dios» (Expos. in Luc., 12, 26: PL 15, 1561), escribe: «¡Qué dichosa es un alma, cuando… está del todo poseída y gobernada por el espíritu de María, que es un espíritu suave y fuerte, celoso y prudente, humilde e intrépido, puro y fecundo!» (Tratado de la verdadera devoción, 258, o.c., p. 162). La identificación mística con María está totalmente orientada a Jesús, como se expresa en la oración: «Por último, mi queridísima y amadísima Madre, haz que, si es posible, no tenga yo otro espíritu que el tuyo para conocer a Jesucristo y sus divinos designios; que no tenga otra alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor; que no tenga otro corazón que el tuyo para amar a Dios con caridad pura y ardiente como tú» (El Secreto de María, 68).

 

La santidad, perfección de la caridad

 

La constitución Lumen gentium afirma también: «La Iglesia en la santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27). En cambio, los creyentes se esfuerzan todavía en vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos a María, que resplandece ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de todas las virtudes» (n. 65). La santidad es perfección de la caridad, del amor a Dios y al prójimo, que es el objeto del principal mandamiento de Jesús (cf. Mt 22, 38), y es también el don más grande del Espíritu Santo (cf. 1 Co 13, 13). Así, en sus Cánticos, san Luis María presenta sucesivamente a los fieles la excelencia de la caridad (Cántico 5), la luz de la fe (Cántico 6) y la firmeza de la esperanza (Cántico 7).

En la espiritualidad monfortana, el dinamismo de la caridad se expresa especialmente a través del símbolo de la esclavitud de amor a Jesús, según el ejemplo y con la ayuda materna de María. Se trata de la comunión plena en la kénosis de Cristo; comunión vivida con María, íntimamente presente en los misterios de la vida del Hijo: «No hay, asimismo, nada entre los cristianos que nos haga pertenecer tanto a Jesucristo y a su santa Madre como la esclavitud voluntaria, según el ejemplo del mismo Jesucristo, que «tomó la forma de esclavo» (Flp 2, 7) por nuestro amor, y el de la santísima Virgen, que se llamó sierva y esclava del Señor. El apóstol se llama por altísima honra «siervo de Cristo» (Ga 1, 10). Los cristianos son llamados muchas veces en la Escritura sagrada, servi Christi» (Tratado de la verdadera devoción, 72, o.c., p. 55).

En efecto, el Hijo de Dios, que por obediencia al Padre vino al mundo en la Encarnación (cf. Hb 10, 7), se humilló después haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (cf. Flp 2, 7-8). María correspondió a la voluntad de Dios con la entrega total de sí misma, en cuerpo y alma, para siempre, desde la Anunciación hasta la cruz, y desde la cruz hasta la Asunción.

Ciertamente, entre la obediencia de Cristo y la obediencia de María hay una asimetría determinada por la diferencia ontológica entre la Persona divina del Hijo y la persona humana de María, de la que se sigue también la exclusividad de la eficacia salvífica fontal de la obediencia de Cristo, de la cual su misma Madre recibió la gracia de poder obedecer de modo total a Dios y colaborar así con la misión de su Hijo.

Por tanto, la esclavitud de amor debe interpretarse a la luz del admirable intercambio entre Dios y la humanidad en el misterio del Verbo encarnado. Es un verdadero intercambio de amor entre Dios y su criatura en la reciprocidad de la entrega total de sí. «El espíritu de esta devoción… consiste en hacer que el alma sea interiormente dependiente y esclava de la santísima Virgen y de Jesús por medio de ella» (El Secreto de María, 44). Paradójicamente, este «vínculo de caridad», esta «esclavitud de amor», hace al hombre plenamente libre, con la verdadera libertad de los hijos de Dios (cf. Tratado de la verdadera devoción, 169). Se trata de entregarse totalmente a Jesús, respondiendo al amor con el que él nos ha amado primero. Todo el que viva en este amor puede decir como san Pablo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

 

La «peregrinación de la fe«

 

6En la carta apostólica Novo millennio ineunte escribí que «a Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe» (n. 19). Precisamente este fue el camino que  siguió  María  durante toda su vida terrena, y es el camino de la Iglesia peregrinante hasta el fin de los tiempos. El concilio Vaticano II insistió mucho en la fe de María, misteriosamente compartida por la Iglesia, poniendo de relieve el itinerario de la Virgen desde el momento de la Anunciación hasta el de la pasión redentora (cf. Lumen gentium, 57 y 67; Redemptoris Mater, 25-27).

En los escritos de san Luis María encontramos el mismo énfasis en la fe que vivió la Madre de Jesús a lo largo de un camino que va desde la Encarnación hasta la cruz, una fe en la que María es modelo y «tipo» de la Iglesia. San Luis María lo expresa con una gran riqueza de matices cuando expone a su lector los «efectos maravillosos» de la perfecta devoción mariana: «Cuanto más ganéis la benevolencia de esta augusta Princesa y Virgen fiel, más fe verdadera tendréis en toda vuestra conducta; una fe pura, que hará que no os inquietéis de lo sensible y de lo extraordinario; una fe viva y animada por la caridad, que hará que no obréis sino por motivos de puro amor; una fe firme e inquebrantable como una roca, que os mantendrá firmes y constantes en medio de las tempestades y las tormentas; una fe activa y penetrante que, como un divino salvoconducto, proporcionará entrada en todos los misterios de Jesucristo, en los fines últimos del hombre, y en el corazón de Dios mismo; una fe animosa que os animará e inducirá a emprender y llevar a cabo, sin titubear, grandes cosas por la gloria de Dios, y para la salud de las almas; en fin, una fe que será vuestra lumbrera ardiente, vuestra vida divina, vuestro tesoro escondido y rico de la divina sabiduría, y vuestra poderosísima arma, de la que os serviréis para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, para abrasar a los tibios y a los que tienen necesidad de la caridad, para dar vida a los que están muertos por el pecado, para conmover y convertir por vuestras dulces y poderosas palabras los corazones de mármol y arrancar los cedros del Líbano, y en fin, para resistir al demonio y a todos los enemigos de la salvación» (Tratado de la verdadera devoción, 214, o.c., p. 139).

Como san Juan de la Cruz, san Luis María insiste sobre todo en la pureza de la fe, y en su esencial y a menudo dolorosa oscuridad (cf. El Secreto de María, 51-52). Es la fe contemplativa la que, renunciando a las cosas sensibles o extraordinarias, penetra en las misteriosas profundidades de Cristo. Así, en su oración, san Luis María se dirige a la Madre del Señor, diciendo: «No te pido visiones o revelaciones, ni gustos o delicias, aunque fueran espirituales… Aquí en la tierra no quiero para mí otro don, fuera del que tú recibiste, es decir, creer con fe pura, sin gustar ni ver nada» (ib., 69). La cruz es el momento culminante de la fe de María, como escribí en la encíclica Redemptoris Mater: «Por medio de esta fe María está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento… Es esta tal vez la más profunda kénosis de la fe en la historia de la humanidad» (n. 18).

 

Signo de esperanza cierta

 

El Espíritu Santo invita a María a «reproducirse» en sus elegidos, extendiendo en ellos las raíces de su «fe invencible», pero también de su «firme esperanza» (cf. Tratado de la verdadera devoción, 34). Lo recordó el concilio Vaticano II: «La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el pueblo de Dios en marcha como señal de esperanza cierta y de consuelo» (Lumen gentium, 68). San Luis María contempla esta dimensión escatológica especialmente cuando habla de los «santos de los últimos tiempos», formados por la santísima Virgen para dar a la Iglesia la victoria de Cristo sobre las fuerzas del mal (cf. Tratado de la verdadera devoción, 49-59). No se trata, en absoluto, de una forma de «milenarismo», sino del sentido profundo de la índole escatológica de la Iglesia, vinculada a la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo. La Iglesia espera la venida gloriosa de Jesús al final de los tiempos. Como María y con María, los santos están en la Iglesia y para la Iglesia, a fin de hacer resplandecer su santidad y extender hasta los confines del mundo y hasta el final de los tiempos la obra de Cristo, único Salvador.

7En la antífona Salve Regina, la Iglesia llama a la Madre de Dios «Esperanza nuestra». San Luis María usa esa misma expresión a partir de un texto de san Juan Damasceno, que aplica a María el símbolo bíblico del ancla (cf. Hom. I in Dorm. B.V.M., 14: PG 96, 719): «Unimos (…) las almas a vuestras esperanzas, como a un ancla firme. Los santos se han salvado porque han sido los más unidos a ella, y han servido a los demás para perseverar en la virtud. Dichosos, pues; mil veces dichosos los cristianos que ahora se unen fiel y enteramente a María como a un ancla firme y segura» (Tratado de la verdadera devoción, 175, o.c., p. 116). A través de la devoción a María, Jesús mismo «escuda el corazón con una firme confianza en Dios, haciéndole mirar a Dios como su Padre; le inspira un amor tierno y filial» (ib., 169, o.c., p. 111).

Junto con la santísima Virgen, con el mismo corazón de madre, la Iglesia ora, espera e intercede por la salvación de todos los hombres. Son las últimas palabras de la constitución Lumen gentium: «Todos los cristianos han de ofrecer insistentes súplicas a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones, también ahora en el cielo, exaltada sobre todos los bienaventurados y los ángeles, en comunión con todos los santos, interceda ante su Hijo, hasta el momento en que todos los pueblos, los que se honran con el nombre de cristianos, así como los que todavía no conocen a su Salvador, puedan verse felizmente reunidos en paz y concordia en el único pueblo de Dios para gloria de la santísima e indivisible Trinidad» (n. 69).

Haciendo nuevamente mío este deseo, que juntamente con los demás padres conciliares expresé hace casi cuarenta años, envío a toda la familia monfortiana una especial bendición apostólica.

           CARTA DEL PAPA JUAN PABLO II A LA FAMILIA MONFORTIANA SOBRE LA DOCTRINA DE SU FUNDADOR

  Vaticano, 8 de diciembre de 2003, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

8

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.